¿Cuántas veces tiene que morir una mujer?

Actualización: noviembre 19, 2020

Si, así de cruel se presenta en mi mente esta pregunta como un latido constante en donde aletea el temor por la profanación de la vida a causa de mi género. ¿Una vez? ¿Dos veces? ¿Tal vez tres sea mejor? ¿Cuántas veces tengo que morir para que sean escuchados los gritos ahogados de aquella mujer que, en su limitada defensa, implora porque mermen los golpes, porque no le apunten las balas, porque no la sofoquen con abrazos corrompidos?

Tres veces tuvo que morir Marisela Escobedo. Y una sensación de desesperanza y desolación me acompañan en el alma desde el momento en que vi el documental en el que ella es protagonista y el cual fue estrenado el pasado 14 de octubre, en la plataforma Netflix. “Las tres muertes de Marisela Escobedo” es un grito desesperado que te suplica a ti, que inicies un momento de reflexión porque llegó la hora de escuchar. Si no has tenido la oportunidad de ver este documental, desde mi alma de mujer latinoamericana, te pido de corazón que interrumpas esta lectura y vayas a verlo. Porque es urgente. Porque es vital. Porque es necesario. ¿Acaso no oyen los gritos que disparan al alma de una sociedad que permanece inerte frente a la corrosión de la justicia? Una justicia que es nula frente a los asesinatos de ese ser que otorga vida. ¡Cuánta ironía hay en el macabro ritual de los feminicidios, que conducen hacia la oscuridad profunda a quienes nacieron para dar a luz! Y no, este no es un tema polémico ni debatible. No es una cuestión de opinión. Esta es una realidad que va llenando de espanto a una generación de mujeres, cuyo merecimiento de justicia y respeto ha sido ganado a pulso a través de la historia. ¡Nos están matando! Y con nosotras matan la viabilidad de la humanidad, matan la paz tan sufrida, matan las esperanzas de las generaciones que no han nacido, matan los arrullos de amor, pisotean la justicia, desmiembran las ilusiones, ahorcan la niñez, condenan el futuro y van poco a poco, suprimiendo la especie. Y no, el feminicidio no es lo mismo que el homicidio. Y así tengamos que escribirlo reiteradamente, así tengamos que gritarlo a viva voz por toda Latinoamérica:
¡Nos están matando los hombres solo porque somos mujeres, porque quieren ejercer control sobre nosotras, porque son más fuertes que nosotras y porque les hace sentir poderosos, ejercer violencia hacia nosotras! Los gritos de las que estamos vivas le fastidian a la sociedad presumida que vive en una negación reiterativa frente al exterminio de nuestras formas físicas, frente a la restricción de nuestras ideas, frente a la privación de nuestras libertades sociales. Una sociedad liderada por un estado inoperante, que prefiere la invisibilización del feminicidio porque su existencia expone sus flaquezas. ¡Es más fácil decir que no existe a tener que actuar para detenerlo! Un ejemplo reciente acaba de acaecernos: Una marcha pacífica realizada el pasado 10 de noviembre en protesta por el atroz feminicidio de Bianca Lorenzana en la ciudad de Cancún, fue repelida a bala por parte de la policía local a quienes también se les acusa de violentar sexualmente a las manifestantes.

Las cifras de feminicidios en Colombia y en México son tan dolorosas como las lágrimas de Marisela. Como las heridas de Bianca al ser asesinada. De enero a junio del año 2020, se registraron en México 489 feminicidios, en un incremento del 9.2% con relación a este mismo periodo del año anterior. En Colombia, 315 mujeres fueron asesinadas entre enero y mayo de este año y 16.473 mujeres han sido víctimas de violencia intrafamiliar.

¡Qué devastador es, que estos países compartan tantos números de dolor! ¿Dónde están los rostros de esas mujeres mexicanas, llenas de heroísmo histórico y con una manera tan maravillosa de ver el mundo? ¿Dónde están las sonrisas de esas colombianas que bailan al son de las tamboras y se esfuerzan con amor en la verraquera de un pueblo trabajador?

¿Dónde están, mujeres latinas? ¿Por qué ahora son solo números? ¿Por qué ahora son solo estadísticas?

Temo que esta sensación de desesperanza se vuelva un concepto aprendido para las generaciones que vienen. Y desde acá, solo me queda preguntar: La pandemia de los feminicidios, ¿cuándo acabará?



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